María, Madre de Jesús y Madre nuestra

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    Queridos diocesanos:

    Inmersos en este mes de mayo, que tradicionalmente la Iglesia dedica a honrar a la Virgen María, no quería dejar pasar la oportunidad de dedicar unas líneas a hablar de ella y de la devoción de todos los cristianos hacia quien es nuestra madre y Madre de la Iglesia. Ella nos orienta hacia el encuentro con Jesús y, al mismo tiempo, es modelo de una vida plena dedicada al cumplimiento de la voluntad de Dios.

    El papa san Pablo VI, en la encíclica Mense maio, (Al acercarse el mes de mayo) dedicada a la Virgen María, decía: «Todo encuentro con ella no puede menos de terminar en un encuentro con Cristo mismo. ¿Y qué otra cosa significa el continuo recurso a María sino un buscar entre sus brazos, en ella, por ella y con ella, a Cristo nuestro salvador, a quien los hombres, en los desalientos y peligros de aquí abajo, tienen el deber y experimentan sin cesar la necesidad de dirigirse como a puerto de salvación y fuente trascendente de vida?» 

    En María encontramos refugio, consuelo y cercanía de madre. Ella nos alienta en nuestras caídas, nos acompaña en nuestras noches oscuras y nos fortalece en el sufrimiento. San Bernardo decía: «En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María». Y esto es así porque María es nuestra madre. ¿Qué madre no quiere para sus hijos lo mejor? ¿Y qué es lo mejor, lo más provechoso para nosotros, sino el encuentro con Cristo, que es el único que puede saciar la sed del corazón humano? (cf. Jn 4, 14).

    En María encontramos refugio, consuelo y cercanía de madre


    Con María vamos siempre hacia su hijo, Jesús. De sus labios brota aquella invitación que hizo a los invitados a las bodas de Caná y que también hoy se dirige a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Cuando acogemos de verdad estas palabras, el agua de nuestra pobreza se transforma en el vino nuevo de la esperanza. Incluso en medio de las dificultades cotidianas, de las preocupaciones familiares o del cansancio del corazón, Dios sigue obrando maravillas silenciosas en quienes se abandonan confiadamente a su voluntad. Y entonces nuestra vida se llena de sentido y de paz.

    En la Virgen hallamos también la imagen más perfecta del discípulo que está a la escucha del maestro y medita en su corazón todas sus palabras para hacerlas vida (cf. Lc 2, 19). María no busca protagonismo; vive en la sencillez de Nazaret, en el silencio fecundo de quien confía plenamente en Dios. Por eso, el pueblo cristiano eleva los ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad cristiana, e imita su humildad, su sencillez, su entrega, su fortaleza y su esperanza. Nadie mejor que la Llena de Gracia puede enseñarnos el camino de Jesús que nos lleva a una vida verdaderamente plena.

    El concilio Vaticano II animaba «a todos los hijos de la Iglesia a fomentar con generosidad el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico; a estimar en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos, y a observar cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos» (LG, 67).

    Cristianos de Ciudad Real, vivamos nuestra fe con intensidad. María es el corazón espiritual de la Iglesia, porque es memoria viva del propio Jesús. Como decía el papa Benedicto XVI el 9 de mayo de 2010, durante el rezo del Regina Cæli: «Ella es la flor más bella surgida de la creación, la “rosa” aparecida en la plenitud del tiempo, cuando Dios, mandando a su Hijo, entregó al mundo una nueva primavera». 

    Es mayo, es primavera. Y en este tiempo, cuidemos la flor más hermosa: nuestra madre, la Virgen María, que nos conduce siempre a Cristo, esperanza del mundo.

    Os bendice, vuestro obispo,
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