Semana Santa, fiesta del Misterio Pascual

La Pascua es el corazón de la fe cristiana. Sin embargo, a lo largo de los siglos, lo esencial ha quedado parcialmente oscurecido por otros aspectos que, siendo importantes, no ocupan el lugar central. Algo parecido ocurre cuando el polvo acumulado con el paso del tiempo acaba eclipsando los objetos más valiosos y hace que destaquen otros de menor valor. El paso de los siglos fue oscureciendo en parte la realidad que da sentido a todo el edificio de nuestra fe: la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. 

El movimiento litúrgico que desembocó en la reforma del Concilio Vaticano II volvió a proponer con claridad la centralidad del misterio pascual como corazón de la liturgia y de la espiritualidad cristiana, tal como recuerda la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium. De ahí que este documento nos exhorte a redescubrir lo que denomina la Pascua semanal, el domingo, como el verdadero centro de la vida del creyente.

Además de esta Pascua semanal, desde los orígenes, los cristianos celebramos una vez al año la fiesta de la Pascua, preparada por el tiempo cuaresmal. En ella contemplamos el núcleo de nuestra fe: la muerte y la resurrección de Jesucristo. La verdadera pascua, el «paso» de la esclavitud del pecado a la libertad, de la muerte a la «vida». 
 

En la experiencia de la fe descubrimos cómo nuestras propias «muertes», nuestras pruebas y sufrimientos, pueden transformarse en vida y en gloria cuando las vivimos unidos a Cristo


Precisamente, este misterio pascual ocupa también el centro de la vida de Cristo tal como nos la narran los evangelios. En el evangelio de Juan, por ejemplo, todo el relato avanza hacia «la Hora» de Jesús, el momento decisivo de su pasión, muerte y glorificación (cf. Jn 12,23; 13,1). 

Pero el misterio pascual no es sólo el centro de la vida de Cristo; lo es también de la vida de la Iglesia, que lo actualiza cada vez que celebra la eucaristía. En cada misa se hace presente sacramentalmente la muerte y la resurrección del Señor, fuente permanente de vida para el mundo.

Y este misterio se hace también realidad en la vida de cada creyente. En la experiencia de la fe descubrimos cómo nuestras propias «muertes», nuestras pruebas y sufrimientos, pueden transformarse en vida y en gloria cuando las vivimos unidos a Cristo. Como afirma san Pablo: «Si morimos con él, también viviremos con él» (2 Tim 2,11).

Así, lo que a los ojos del mundo parece necedad y locura se ha convertido en la gran fuerza de Dios para transformar la historia: el amor y la entrega hasta el extremo se convierten en vida y resurrección. Como proclamaba con gozo la antigua predicación de la Iglesia:
«Cristo ha resucitado y tú has sido resucitado con Él; Cristo ha vencido a la muerte y la vida ha triunfado» (cf. Homilía pascual atribuida a san Juan Crisóstomo).
 
Por Ángel Moreno Mayoral