Durante el Triduo Pascual, uno de los momentos significativos es la oración en el monumento en la noche del jueves al Viernes Santo. Un tiempo de oración personal con la compañía del Señor.
Con esta Hora Santa —preparada por el sacerdote Juan Carlos Torres Torres— ofrecemos una ayuda para rezar, meditando cada uno de los textos sobre estas horas intensas en las que contemplamos a Jesús entregándose por nosotros y para nosotros.
I. Hemos entrado en el Triduo Pascual. En estas primeras horas, la Iglesia se detiene, guarda silencio, contempla y adora. Son horas en las que el discípulo es invitado a permanecer junto al Señor, reclinando la cabeza en su pecho para oír los latidos de su corazón y pedir conocerlo internamente.
Ante la eucaristía, ante el misterio de la presencia del Crucificado-Resucitado, volvemos la mirada hacia el centro de nuestra fe: su muerte y su resurrección. E inmediatamente surge una pregunta que ha acompañado a los cristianos desde el principio: ¿qué significa realmente la muerte de Jesús? ¿Fue simplemente una tragedia? ¿El fracaso de un profeta? ¿O la mayor injusticia de la historia?
II. Los evangelios nos ayudan a comprender que la muerte de Jesús no puede entenderse solo como un acontecimiento trágico. Jesús no fue a la muerte arrastrado por las circunstancias ni vencido por sus enemigos. Se dirigió hacia ella libremente, con plena conciencia.
La clave para entenderlo se encuentra en la Última Cena. En aquella noche, Jesús no solo anunció su muerte: la interpretó y reveló su sentido: «por vosotros».
III. La Sagrada Escritura ya había preparado lentamente el corazón del creyente para comprender este misterio. Recordamos la figura de Abraham, dispuesto a ofrecer a su hijo a Dios. En ese relato aprendemos que el sacrificio alcanza su sentido cuando el ser humano es capaz de devolver a Dios, en la fe, aquello que más ama.
Pero hay una figura todavía más profunda: el Siervo de Yahvé del que habla el profeta Isaías. Ese Siervo misterioso ofrece su vida por sus hermanos. Carga con sus pecados. Se entrega por ellos. El profeta lo expresa con palabras impresionantes: «Si se entrega a sí mismo como expiación, verá la luz. Y por su entrega justificará a muchos, cargando con sus crímenes».
Aquí descubrimos algo esencial: el valor del sacrificio no está en la víctima que se ofrece, sino en la entrega de sí mismo en favor de otros.
IV. Esta corriente espiritual llega a su cenit con Cristo, que en la cruz manifiesta el verdadero significado del sacrificio. Jesús había dicho: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos». Toda su vida estuvo orientada hacia esa entrega. Cada palabra. Cada gesto. Cada encuentro. Todo fue un camino de amor entregado que culminó en la cruz. Por eso abraza libremente y en favor de todos, llevando el sacrificio hasta su sentido más pleno: entregar la vida por amor.
La cruz de Cristo no es sacrificio por su muerte, sino por su entrega total al Padre por sí mismo y por nosotros. Una entrega que el Padre acepta resucitándolo de entre los muertos.
V. Pero esta entrega tiene un sentido profundamente personal para nosotros. Jesús no entrega su vida al Padre solo por sí mismo, lo hace por cada uno. Lo hace en nuestro nombre, sustituyéndonos y amándolo por nosotros, para que con su sacrificio vicario queden restituidas nuestras faltas de amor a Dios y se restaure nuestra comunión con Él.
VI. Cristo se sacrificó por nosotros sin que nadie se lo pidiera. Porque el amor verdadero nunca se exige y siempre se adelanta. Brota de un corazón que, al ver la fragilidad del otro y su incapacidad, decide entregarse por él.
Todo auténtico sacrificio se realiza siempre para el bien del otro. Y en la vida vamos aprendiendo lentamente una verdad profunda: que es necesario morir para que otros vivan.
VII. Pero Jesús no buscó el sufrimiento ni eligió la cruz por gusto. La aceptó como el camino que el Padre puso delante de Él para amar hasta el extremo. Y en esa obediencia reveló el verdadero rostro de Dios: un Dios que ama a los hombres hasta permitir la entrega de su propio Hijo por todos.
VIII. Cristo, siendo inocente, quiso hacerse solidario con los culpables. Y así transformó desde dentro la historia del hombre y su destino. Al ofrecerse «en rescate por muchos», llevó hasta el extremo su encarnación y su solidaridad con la humanidad: con cada hombre, con cada pecador. Y esta solidaridad es un acto de amor purísimo.
Cristo murió como muere el hombre. Y murió por cada hombre. Su sacrificio es una sobreabundancia de amor que suple y resarce nuestras negaciones, ingratitudes e infidelidades hacia Dios, y nos regala un perdón restaurador inmerecido y gratuito.
IX. Las palabras de Jesús en la Cena siguen resonando hoy en el santo silencio del sagrario: «Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». «Este es el cáliz de la nueva alianza en mi sangre». Su vida, derramada para el perdón de nuestros pecados, nos abre a un futuro de salvación y no de condenación, y nos permite vivir bajo el signo de la redención y la esperanza.
X. Su humanidad, sostenida por su divinidad, hace posible que Él nos represente ante el Padre, ofreciéndole el acto de amor más grande que puede existir: dar la vida por aquellos a quienes se ama, amando por ellos aquello que no han sabido amar.
Dar la vida para que se cumpla el designio de Dios: que, siendo liberados de lo que nos separa de Él, quedemos habilitados para volver a su abrazo.
Porque en la muerte y resurrección de su Hijo ha estallado un Amor que lo restaura todo. Un Amor más fuerte que el pecado y la muerte. Un Amor que desciende hasta nuestra fragilidad, carga con nuestro pecado hasta morir y, una vez resucitado por el Padre, vuelve para levantarnos y hacernos partícipes de su vida inmortal.
Ese es el amor que ahora contemplamos y adoramos.