Comunicación sin renuncias

Este domingo 17 de mayo celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor. Este día se celebra, además, la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. En este artículo, el periodista José Miguel Beldad reflexiona sobre la presencia de la fe en el ejercicio del periodismo. Frente a una cultura que durante años relegó lo religioso al ámbito privado, el autor reivindica una comunicación asentada en la verdad, la coherencia personal y una mirada cristiana capaz de reconocer en la realidad una búsqueda profunda de sentido.

Durante años, en muchos ámbitos públicos, la fe quedó relegada a la esfera íntima, como si expresarla con naturalidad supusiera una forma de incomodar o de desentonar con el clima dominante. También en el periodismo se asumió, de manera más o menos implícita, que el credo debía mantenerse al margen del ejercicio profesional, no tanto por convicción como por una inercia cultural que identificaba lo religioso con lo estrictamente privado. Se confundió la prudencia con el silencio y, en ese desplazamiento, se debilitó la capacidad de comunicar con verdad una parte esencial de la vida y del patrimonio material e inmaterial de nuestra nación.

El contexto ha cambiado. En una sociedad atravesada por la saturación informativa y por la rapidez de los mensajes, donde la realidad se simplifica y se fragmenta con facilidad, comienza a percibirse una necesidad de sentido que no siempre encuentra un lenguaje claro. Se habla de todo, pero no siempre se entiende lo que se dice. En ese escenario, lo trascendente reaparece de formas diversas, a veces a través de símbolos, de gestos o de una estética que remite a algo anterior a la lógica de lo inmediato. No se trata de un regreso consciente ni uniforme, sino de una inquietud que atraviesa incluso a los que no se reconocen creyentes y que apunta a una búsqueda más profunda que puede acabar en la conversión.

El periodista cristiano se sitúa en ese punto sin necesidad de remarcar su condición ni de ocultarla. Su tarea no consiste en introducir un discurso confesional en cada texto —porque no estamos llamados a hacer proselitismo—, sino a mirar la realidad con una conciencia que no reduce lo humano a lo visible ni lo inmediato a lo suficiente. Cuando informa, cuando interpreta o cuando escribe, sabe que la verdad no es un material moldeable ni un recurso al servicio de intereses cambiantes, sino una exigencia que obliga a respetar los hechos en toda su complejidad. Esa exigencia no depende del contexto ni de la mayoría, y por eso mismo implica, en ocasiones, sostener una posición que no coincide con el clima dominante.

En ese marco, la fe no actúa como un elemento añadido a la comunicación y a la propia profesión periodística, sino como una raíz que orienta la forma de estar en el mundo y de ejercer el oficio. No es tanto imponer una visión, sino de no renunciar a una identidad que forma parte de la propia vida. La honestidad profesional y la coherencia personal convergen cuando el periodista cristiano entiende que no puede fragmentarse sin perder verdad, y que la fidelidad no se mide por la adhesión ni por el reconocimiento, sino por la permanencia en sus valores. «Tenemos que defender la verdad a toda costa, aunque volvamos a ser solamente doce».
 

Por José Miguel Beldad Quesada