La diócesis de Ciudad Real vivió el sábado 9 de mayo, en Almodóvar del Campo, el comienzo del Año Jubilar Diocesano de San Juan de Ávila y la ordenación como diácono del seminarista Saúl Calvo Sanz. La eucaristía, presidida por el obispo prior, don Abilio Martínez Varea, reunió en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción a sacerdotes, seminaristas, miembros de la vida consagrada y fieles llegados de distintos lugares de la diócesis, con los cantos de la Coral Diocesana, en una jornada en la que la memoria del Maestro Ávila se unió a la alegría por una nueva vocación al ministerio ordenado.
El Año Jubilar se abrió con motivo del V centenario de la ordenación sacerdotal de san Juan de Ávila y de la primera misa que celebró en Almodóvar del Campo, su pueblo natal. La celebración tuvo lugar, además, en el templo donde fue bautizado y donde presidió aquella primera eucaristía, de manera que la apertura jubilar estuvo vinculada a los lugares avilistas de la localidad.
La celebración comenzó en la casa natal de san Juan de Ávila, desde donde partió la procesión hacia la parroquia, expresando el camino de la Iglesia diocesana hacia este año de gracia, siguiendo las huellas del santo doctor, patrón del clero secular español. En la procesión participaron el obispo, don Abilio Martínez Varea; el obispo emérito, don Gerardo Melgar Viciosa; el vicario general, Jesús Córdoba; el párroco de Almodóvar, Juan Carlos Torres, los sacerdotes concelebrantes, los seminaristas, el candidato al diaconado y numerosos fieles. En la procesión se portaban las reliquias de san Juan de Ávila.
A la llegada al templo parroquial, las puertas permanecían cerradas. Allí se recordó que la Santa Sede había concedido a la diócesis la gracia de celebrar este Año Jubilar con motivo del quinto centenario avilista. Ante las puertas del templo, la diócesis quiso comenzar este tiempo con el deseo de «buscar en todo la mayor gloria de Dios» y renovar la vida en Cristo para ser testigos fieles del evangelio.
Don Abilio invocó entonces a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y pidió que se abrieran «las puertas de la gracia». Después, golpeó tres veces la puerta con el báculo. Tras estos gestos, se abrieron las puertas y el obispo entró en primer lugar en la parroquia, donde se arrodilló en oración.
Ya dentro del templo, se proclamó el decreto episcopal con el que comenzaba solemnemente el Año Jubilar Diocesano. Desde ese momento, la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción quedó constituida como templo jubilar y meta de peregrinación para los fieles que durante este año acudan a Almodóvar del Campo para orar, celebrar la eucaristía y pedir la gracia de la indulgencia plenaria, según las condiciones habituales de la Iglesia. El decreto contempla también la peregrinación al oratorio de la casa natal de san Juan de Ávila y recuerda de manera especial a los ancianos, enfermos y personas que no puedan salir de casa por causa grave.
La celebración fue también un momento de gratitud por la reapertura del templo parroquial tras las obras realizadas en los dos últimos años. Por esto, al final de la comunión se elevó una oración de acción de gracias por la restauración de la iglesia, pidiendo que este templo renovado sea «escuela del evangelio, hospital para los heridos y hogar de esperanza para los pobres».
En ese marco jubilar, la diócesis acompañó a Saúl Calvo Sanz en su ordenación como diácono. Después de la presentación del candidato, el rector del Seminario, Juan Serna Cruz, pidió al obispo que ordenara diácono a Saúl. Don Abilio preguntó si había sido considerado digno y, tras el testimonio correspondiente, eligió al candidato para el Orden de los diáconos.
En la homilía, don Abilio situó la celebración en un clima de alegría de toda la diócesis, recordando que, después de la reciente ordenación como presbítero de Diego Plana, la diócesis celebraba ahora la ordenación como diácono de Saúl.
El obispo se dirigió de manera directa al nuevo diácono, destacando el valor de su respuesta al Señor: «Tras años de formación en el seminario y de experiencia pastoral, hoy dices sí al Señor de manera generosa y alegre, para entregarte sin reservas al evangelio y al Reino de Dios». Don Abilio subrayó que la Iglesia, por medio del sacramento del orden en el grado del diaconado, lo llamaba y capacitaba «para este ministerio de servicio».
«No lo olvides nunca: el sacramento del orden no te hace superior a nadie, sino servidor de todos»
«No tengas miedo», le dijo el obispo, antes de recordar una frase que, aunque no es una cita bíblica, expresa, según explicó, una verdad profunda: «Dios no elige a los capacitados, pero capacita a los elegidos». Con estas palabras, don Abilio recordó que en el ministerio no se trata de apoyarse solo en las propias fuerzas. «En el ministerio hay que fiarse más de Dios que de nuestras propias capacidades», explicó.
Una parte importante de las palabras del obispo estuvieron centradas en el bautismo, algo que el propio don Abilio reconoció que podía parecer extraño en una ordenación. «Querido Saúl, hoy quiero hablarte del bautismo. Puede parecer extraño en el contexto de una ordenación, pero en realidad es algo fundamental», señaló. Para el obispo, toda vocación cristiana nace de esa primera consagración a Dios. Por eso, la presencia de la familia de Saúl, de sus comunidades de origen y de los lugares donde ha vivido su experiencia pastoral recordaba que «todo comienza en el bautismo».
«Por este sacramento has sido consagrado a Dios, puesto en sus manos y llamado a la santidad», afirmó. Y añadió: «No lo olvides nunca: el sacramento del orden no te hace superior a nadie, sino servidor de todos». En este sentido, recordó también una expresión de san Juan de Ávila que se encuentra a la entrada del Seminario: «Quien toma oficio de Apóstol, ha de tomar su vida». Don Abilio explicó que esta frase significa que asumir la misión apostólica «no es solo un trabajo o un cargo honorífico, sino un compromiso total que exige entregar la propia vida, sacrificio y un estilo de vida coherente».
El obispo explicó después el sentido del ministerio que Saúl recibía. «Hoy recibes el diaconado. Y esto sí cambia tu vida», le dijo. Lo definió como «un paso decisivo en el camino que comenzó en tu bautismo y que has ido discerniendo a lo largo de los años». Recordando la enseñanza del Concilio Vaticano II, señaló que los diáconos reciben la imposición de las manos «no en orden al sacerdocio, sino para realizar un servicio».
Describió ese servicio de manera muy concreta: «Predicarás la palabra de Dios, distribuirás la eucaristía con dignidad, atención y devoción, y de manera particular servirás a los demás con entrega total, especialmente a los más pobres y necesitados, en este Cuerpo de Cristo que es la Iglesia». A partir de ahí, desarrolló las tres dimensiones esenciales del ministerio de diácono: la palabra, la caridad y la liturgia.
Sobre el servicio de la palabra, el obispo afirmó que Saúl sería llamado a proclamar el evangelio, anunciar a Cristo e instruir y exhortar al pueblo de Dios, «pero no como un simple transmisor de ideas, sino como alguien que escucha, medita y vive esa Palabra». «Solo quien permanece en el amor puede anunciar con verdad», añadió. Sobre la caridad, dijo que es «el corazón del diaconado» y que el diácono está llamado a acercarse a los pobres, a los enfermos, a quienes sufren y a quienes viven en soledad, «no como algo ocasional, sino como un estilo de vida». Y sobre la liturgia, recordó que el nuevo diácono sería ministro en la celebración de la Iglesia, en el altar, en la proclamación del evangelio, en el bautismo, en los matrimonios, en las exequias y en la oración del pueblo cristiano.
El obispo unió expresamente la ordenación de Saúl con el comienzo del Año Jubilar. «Hoy es un día de gran alegría y esperanza, porque el Señor confía en su Iglesia y continúa enviando ministros para su pueblo a pesar de nuestra debilidad», dijo. Esa alegría, añadió, se enmarca en «un momento especialmente significativo»: el inicio del Año Jubilar diocesano avilista en Almodóvar del Campo.
Don Abilio insistió en que el Jubileo no debía entenderse solo como un aniversario histórico. «No se trata simplemente de una conmemoración histórica ni de un recuerdo piadoso del pasado», dijo. «Un Año Jubilar es, ante todo, un tiempo de gracia; un tiempo en el que volvemos a poner en el centro a Jesucristo, a renovar nuestra fe en Él y a reconciliarnos con Dios». Para el obispo, este año abre una oportunidad para volver «a lo esencial: Jesucristo vivo y actuante en medio de su pueblo».
«Hoy es un día de gran alegría y esperanza, porque el Señor confía en su Iglesia y continúa enviando ministros para su pueblo a pesar de nuestra debilidad»
Celebrar este Jubileo en Almodóvar del Campo tiene, subrayó, una fuerza especial. En Almodóvar «comenzó a gestarse la vocación de este gran apóstol», en las calles que vieron crecer su fe y en el ambiente sencillo de un pueblo donde Dios fue modelando su alma. El Año Jubilar, explicó, es «una invitación a volver a las fuentes» y a dejarse interpelar por san Juan de Ávila, que enseñó que la verdadera reforma de la Iglesia «no comienza por las estructuras externas, sino por nosotros mismos, por la conversión del corazón».
Resumió esta clave con una frase: «Solo un corazón enamorado de Dios puede encender otros corazones». Por eso, recordó que el maestro Ávila insistía en que el ministro ha de ser primero hombre de Dios antes que hombre de obras, «porque sin unión con Cristo todo se vacía de sentido».
En este contexto, don Abilio interpretó la ordenación de Saúl como un signo para toda la diócesis. «Tu ordenación, Saúl, no es una coincidencia. Es un signo de que Dios sigue actuando y renovando a su Iglesia», afirmó. El «sí» de Saúl, dijo, se inserta en este tiempo de gracia «como testimonio de que Dios sigue llamando y suscitando jóvenes dispuestos a entregarse desde la vocación del ministerio ordenado».
Después de la homilía, Saúl manifestó públicamente su voluntad de recibir el ministerio. Respondió afirmativamente a las preguntas del obispo y prometió vivir el diaconado con humildad y amor, proclamar la fe de palabra y de obra, guardar el celibato por el Reino de los cielos, conservar el espíritu de oración, celebrar la Liturgia de las Horas e imitar el ejemplo de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre serviría con sus manos. De rodillas ante don Abilio, puso sus manos entre las del obispo y prometió respeto y obediencia a él y a sus sucesores.
A continuación, Saúl se postró en tierra mientras se cantaban las letanías de los santos. Mientras, el resto de la comunidad permanecía de pie, al estar en el tiempo pascual. La Iglesia invocó la intercesión de la Virgen María, de los apóstoles, de los mártires, de san Juan de Ávila y de todos los santos, pidiendo a Dios que bendijera, santificara y consagrara al elegido. Después, el obispo impuso en silencio las manos sobre su cabeza y pronunció la plegaria de ordenación, pidiendo al Señor que enviara sobre él el Espíritu Santo para que, fortalecido con la gracia de los siete dones, desempeñara con fidelidad el ministerio.
Ya ordenado diácono, Saúl fue revestido con la estola cruzada y la dalmática. Después recibió de manos del obispo el libro de los Evangelios, diciendo: «Recibe el evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado». El gesto expresó de manera visible la misión que el nuevo diácono recibía: proclamar el evangelio, servir al altar y vivir la caridad como forma concreta de seguimiento de Cristo.
«Ya no os llamo siervos, os llamo amigos». «Esto mismo te digo en el nombre del Señor»
Antes, al final de la homilía, don Abilio había ofrecido a Saúl una última clave espiritual para su vocación, tomada de las palabras de Jesús en la última cena: «Ya no os llamo siervos, os llamo amigos». «Esto mismo te digo en el nombre del Señor», añadió, recordándole también la exigencia evangélica de esa amistad: «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando». El obispo concluyó invitándolo a acudir siempre a la Virgen María: «Que Ella te acompañe y te sostenga». Y recordó una expresión de Juan de Ávila: «Antes perder la piel, que perder el amor a la Virgen».
Saúl Calvo Sanz nació en Brazatortas en 1992. Estuvo vinculado a la parroquia, a los campamentos arciprestales y a las distintas realidades del arciprestazgo del Valle de Alcudia. Participó en las actividades de la Delegación de Pastoral Juvenil, de cuyo equipo formó parte durante años. Entró en el seminario con 19 años, después de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid. Al llegar a cuarto de Teología interrumpió su formación en el seminario y marchó a Córdoba para estudiar Gestión Cultural. Durante ese tiempo vivió un año en Roma, donde participó en el coro de la diócesis romana. En 2023 regresó al seminario.
En su formación pastoral ha colaborado con las parroquias de la Visitación de Nuestra Señora, de Villamayor de Calatrava; la Santísima Trinidad, de Torralba de Calatrava; San Andrés Apóstol y Santa María Magdalena, de Villanueva de los Infantes y Alcubillas; Santa Teresa de Jesús, de Malagón; la Asunción de Nuestra Señora, de Miguelturra; y, durante los dos últimos años, en San Felipe y Santiago, de Bolaños de Calatrava, y San Bartolomé Apóstol, de Valenzuela.
Con la apertura del Año Jubilar y la ordenación de diácono de Saúl, Almodóvar del Campo volvió a ser para la diócesis un lugar de memoria, gracia y envío. En el templo donde san Juan de Ávila inició su camino sacerdotal, la Iglesia de Ciudad Real abrió un tiempo para volver a Cristo, renovar la fe y pedir nuevas vocaciones; y, al mismo tiempo, recibió a un nuevo diácono llamado a servir desde la palabra, la liturgia y la caridad, siguiendo las huellas del maestro Ávila y recordando que toda verdadera renovación comienza en un corazón unido a Dios.