La catedral de Ciudad Real ha acogido al mediodía de este Miércoles Santo, 1 de abril, la Misa Crismal. Presidida por el obispo, don Abilio Martínez Varea, la eucaristía ha reunido al obispo emérito, don Gerardo Melgar Viciosa, a todo el presbiterio diocesano, a diáconos, religiosos y a muchos fieles laicos que han llenado el templo. El canto del Seminario ha acompañado una celebración que ha vuelto a mostrar la comunión de la Iglesia de Ciudad Real.
La jornada había comenzado antes, en la parroquia de Santa María del Prado, donde los sacerdotes celebraron un acto penitencial, recibiendo el sacramento de la reconciliación. Desde allí se encaminaban hacia la catedral para participar en esta misa singular que, siendo propia del Jueves Santo, se adelanta en Ciudad Real al Miércoles Santo para facilitar la participación de sacerdotes y fieles.
En esta celebración, el obispo ha consagrado el santo crisma y ha bendecido el óleo de los catecúmenos y el de los enfermos, que serán distribuidos después por toda la diócesis para la celebración de los sacramentos. Además, los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales, en un gesto que subraya la comunión con el obispo.
Precisamente sobre ese carácter profundamente eclesial de la Misa Crismal habló don Abilio en la homilía.No se trata, dijo, de una celebración reservada al clero «sino que es la Misa de todo el pueblo de Dios».
En esa línea, agradeció con sus palabras la presencia de tantos fieles en la catedral, subrayando que lo que en esta eucaristía se celebra alcanza a toda la diócesis. «Los óleos que bendecimos y el crisma que será consagrado están destinados a toda la diócesis, a los niños, a los jóvenes, a los adultos y a los ancianos […]. Va a ser toda la diócesis la que será tocada por esta gracia a través de los óleos».
«Los óleos que bendecimos y el crisma que será consagrado están destinados a toda la diócesis, a los niños, a los jóvenes, a los adultos y a los ancianos […]. Va a ser toda la diócesis la que será tocada por esta gracia a través de los óleos».
Don Abilio explicó también el sentido de cada uno de esos signos sagrados: el óleo de los catecúmenos, destinado a fortalecer a quienes se preparan para el bautismo; el óleo de los enfermos, como signo del consuelo de Dios en la fragilidad, en el dolor y en la prueba; y el santo crisma, que configura con Cristo y hace participar de su misión. De este modo, la liturgia de este mediodía volvió a mostrar que los sacramentos que sostienen la vida cristiana a lo largo del año nacen hoy, de alguna manera, en torno al obispo y a su presbiterio.
A partir del pasaje del evangelio de san Lucas en el que Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír», el obispo presentó a Cristo como el Ungido del Padre, enviado a los pobres, a los heridos y a los cautivos. Desde ahí dirigió su mirada al ministerio sacerdotal, recordando a los presbíteros que esa misma misión les ha sido confiada a ellos por la unción recibida en la ordenación: «Hemos recibido por parte de Jesucristo una misión, una misión que se hace imposible si no somos hombres de Dios […]. Imposible de alcanzar, imposible de realizar, si no somos hombres de Dios».
Para don Abilio, esa condición de «hombres de Dios» se alimenta «de la oración, de la Palabra y de la Eucaristía». No se trata, por tanto, de transmitir meramente ideas o costumbres, sino una verdadera experiencia creyente nacida del encuentro con Cristo.
Además, recordó la llamada de Jesús a los Doce en el evangelio de san Marcos: primero para estar con Él y después para ser enviados. Esa sucesión, explicó, no es accidental, sino que encierra una enseñanza decisiva para el sacerdocio. Antes de la misión está la permanencia con el Señor; antes de la acción, la intimidad con Cristo. Por eso, solo un sacerdote que vive desde Dios puede servir verdaderamente al pueblo de Dios.
Junto a esa llamada a la hondura sacerdotal, el obispo puso el acento en la cercanía pastoral. «Debemos acompañar a las personas en sus alegrías, en sus sufrimientos, en sus dudas y en sus búsquedas», afirmó. No se trata, señaló, de relacionarse con los fieles como con simples administrados, sino de reconocerse con ellos parte del mismo pueblo santo de Dios. Y por eso insistió en la necesidad de estar presentes tanto en los grandes momentos como en los pequeños acontecimientos que van tejiendo la vida de fe de las comunidades.
Apoyándose en
Evangelii gaudium, recordó también que el pastor está llamado a ir delante del pueblo para guiarlo, en medio para acompañarlo con cercanía y detrás para ayudar a los rezagados. Esa imagen le sirvió para dibujar un modelo de sacerdote cercano, sencillo y disponible, alejado de cualquier autorreferencialidad.
Hizo también una llamada clara a vivir el ministerio «sin buscar el protagonismo, sino la comunión». Una comunión con el obispo, con los hermanos del presbiterio y con toda la Iglesia diocesana. En ese contexto, aludió también a los seminaristas presentes en la celebración y al papel del seminario como lugar en el que se aprende la lealtad gozosa al pastor, la fraternidad sacerdotal y la escucha de los laicos, con sus dones y carismas.
Asimismo, evocó la figura de san Juan de Ávila, cuyo quinto centenario de ordenación sacerdotal y primera misa enmarca el próximo Año Jubilar diocesano ya concedido por la Santa Sede. Recordando sus escritos sobre el sacerdocio, el obispo resumió su enseñanza en una frase exigente: el sacerdote no debe predicarse a sí mismo, sino a Jesucristo, y no es señor de las almas, sino ministro y servidor.
En la parte final de la homilía, don Abilio tuvo un recuerdo especial para los sacerdotes enfermos del presbiterio y encomendó a aquellos que han fallecido en el último año. Después, antes de la renovación de las promesas sacerdotales, invitó a sus hermanos sacerdotes a hacerlo «con humildad» y «con mucha esperanza», confiando en la misericordia de Dios.
Sobre esto, también se dirigió expresamente a los fieles presentes en la catedral: «Os pido que recéis por nosotros, que recéis por vuestros sacerdotes, que os quieren y os cuidan». Con esa petición concluyó una homilía marcada por la conciencia de Iglesia, por la llamada a la santidad sacerdotal y por la necesidad de caminar juntos como pueblo de Dios.
Al término de la celebración, una vez consagrado el crisma y bendecidos los óleos, el obispo agradeció de manera expresa
a los jóvenes de Socuéllamos el gesto de haber llevado el aceite que iba a ser bendecido y consagrado en esta Misa Crismal, un signo que enlaza esta celebración con la vida concreta de la diócesis y con los sacramentos que seguirán alimentando, durante todo el año, la fe del pueblo cristiano.
De este modo, la Iglesia de Ciudad Real ha vivido este Miércoles Santo una de las celebraciones que mejor expresan su rostro diocesano: una Iglesia reunida en torno a su obispo, con sus sacerdotes, seminaristas, consagrados y laicos, para pedir la gracia de permanecer unida a Cristo y de seguir llevando su consuelo, su fortaleza y su salvación a todos.