¿Qué he hecho, qué hago, qué voy a hacer... por Cristo?

La Cuaresma nos conduce, paso a paso, hacia la noche santa de la Pascua, donde renovaremos nuestra condición bautismal y proclamaremos que hemos pasado con Cristo de la muerte a la vida. Preparar con esmero la confesión cuaresmal, reconocer nuestras faltas sin temor y acoger la sobreabundancia de la gracia son el camino para comenzar de nuevo, sostenidos por la misericordia que brota de la cruz y de la resurrección.

Cuando fuimos bautizados, participamos místicamente del misterio pascual y recibimos su Espíritu para llegar a ser imágenes vivas de Cristo. Como cada año en la noche de Pascua renovaremos nuestra condición bautismal: nuestro ser y vivir en Cristo.

Durante la Cuaresma hemos ido tomando conciencia de aquello que nos ha alejado de nuestra vocación a vivir como hijos en el Hijo y hermanos. Sostenidos por la fuerza de su gracia, hemos realizado un esfuerzo de conversión ayudados por la oración, la práctica del sentido profundo de la limosna, el ayuno, la abstinencia y por una vivencia más comprometida de las enseñanzas del evangelio.
Este proceso desemboca en una acción de gracias por los logros alcanzados y también en la celebración del sacramento de la reconciliación, en el que, arrepentidos, pedimos perdón al Señor por los pecados cometidos, con la confianza de que, mediante la gracia de su perdón, quedaremos restaurados y bendecidos. 
 

Ante la imagen de Cristo en la cruz, practiquemos un diálogo de misericordia preguntándonos: ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué voy a hacer por Cristo?


San Pablo afirma que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5, 20-21). Esto significa que la abundancia de la gracia redentora de Cristo es directamente proporcional al reconocimiento de nuestros pecados. Por ello, no debemos temer reconocer nuestras faltas, pues cada una de ellas será perdonada por el amor redentor de Cristo quien, por su resurrección, se ha convertido en un fuente eterna de misericordia. 

En plena conexión con el misterio de su encarnación y su redención, el Señor encomendó a los apóstoles y a sus sucesores —los obispos y sacerdotes— la misión de transmitir su perdón en un encuentro humano interpersonal y a través de una acción espiritual tangible y concreta, para que sea experimentado como un hecho de vida. Esto es el sacramento de la reconciliación. 

Por eso, llenos de fe y esperanza, con la mirada puesta en la Vigilia Pascual, hemos de preparar nuestra confesión cuaresmal con especial esmero para pasar, con Él, de la «muerte» a la «vida» y comenzar a andar una vida nueva (Cf Rm 6, 4). 

Preparemos nuestra confesión discerniendo cuáles han sido nuestras desconsideraciones con el Señor, su evangelio y con nuestra vocación bautismal. Fijémonos en el alcance negativo de nuestros pecados, y gustemos el amor incondicional de Cristo que nos da su perdón sin fondo y sin límites, nos ofrece su confianza y nos da la fuerza para empezar de nuevo. 

Y ante la imagen de Cristo en la cruz, practiquemos un diálogo de misericordia preguntándonos: ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué voy a hacer por Cristo? (EE 53) 

Por Juan Carlos Torres Torres