El obispo llama a «poner a Dios en el centro» en la Cuaresma

El Miércoles de Ceniza ha marcado este 18 de febrero el inicio de la Cuaresma en todo el mundo, en una jornada que cada año congrega a un mayor número de fieles en las parroquias de la diócesis. En la catedral de Ciudad Real, la celebración la ha presidido el obispo, don Abilio Martínez Varea, acompañado por el cabildo de la catedral, el diácono y los seminaristas, que animaron la liturgia con sus cantos.

En la homilía, el obispo subrayó el sentido profundo de este día y de las semanas que ahora comienzan, «un tiempo de gracia, un tiempo de salvación, un tiempo de conversión». Se refirió al mensaje para la Cuaresma del papa León, que «define la Cuaresma como un tiempo en el que debemos poner de nuevo en el centro de la vida cristiana el misterio de Dios y renovar nuestra adhesión a Jesucristo».

Don Abilio explicó que esa llamada a «poner de nuevo» y «renovar» no es casual, sino que responde a la realidad concreta de la vida cristiana: «En nuestra vida vamos sufriendo muchísimas dificultades […], están las tribulaciones, el pecado, nos alejamos de Dios y, por eso, en la Cuaresma volvemos a poner en el centro el misterio de Dios y renovamos, hacemos nueva nuestra adhesión a Jesucristo, camino de Jerusalén, que va a sufrir pasión, muerte y resurrección».

Sobre este tema, advirtió que el misterio de Cristo no puede reducirse al sufrimiento: «Teniendo en cuenta que el misterio de Cristo no solamente es la pasión y la muerte, sino también la resurrección. La Cuaresma es un tiempo de conversión en el que vamos hacia la Pascua». Añadió que, aunque durante mucho tiempo se haya insistido más en el aspecto doloroso de la vida de Jesús, «no debemos olvidar que la cruz es el camino que nos lleva a la vida, el camino que nos lleva a la resurrección».

A partir del evangelio proclamado—del capítulo sexto de Mateo—, el obispo señaló los medios concretos que propone la Iglesia para poner el misterio de Dios en el centro de nuestra vida y renovar nuestra adhesión: «Tenemos que practicar la limosna —que ahora se dice justicia, solidaridad—, el ayuno y la oración».
 

«El abstenerse de comer alimento nos lleva a pensar qué es lo que realmente nutre nuestro corazón, qué alimenta nuestro corazón»


Deteniéndose especialmente en el ayuno, en línea con el mensaje del Papa titulado «Escuchar y ayunar», explicó que «el ayuno, la abstinencia de comer alimento, es algo que hace que ordenemos nuestros apetitos, que no seamos como animales que satisfacemos todo lo que nos apetece, sino que ordenemos nuestra voluntad». En este punto fue más allá del aspecto alimenticio. «El abstenerse de comer alimento nos lleva a pensar qué es lo que realmente nutre nuestro corazón, qué alimenta nuestro corazón». Y planteó preguntas muy concretas: «¿Qué comemos? ¿Comemos egoísmo? ¿Nos alimentamos de insolidaridad? ¿O bien nos alimentamos de la Palabra de Dios?»

En este sentido, recordó la importancia de la escucha de la Palabra y de los sacramentos: «Escucha la Palabra de Dios, de los sacramentos, sobre todo de la eucaristía y de la penitencia. Nos alimentamos de hacer el bien al otro». Destacó una concreción muy actual del ayuno: «Debemos realmente abstenernos de un lenguaje agresivo y de palabras hirientes».

Retomando una expresión ya utilizada en otros documentos por el Papa, insistió en la necesidad de «desarmar el lenguaje» y «abstenernos de calumnias, de mentiras, de críticas destructivas tanto a nivel personal como a nivel comunitario». Y pidió que «desaparezcan los discursos agresivos en el mundo social, que desaparezcan los discursos agresivos en la comunidad eclesial, en nuestras parroquias, en nuestras diócesis». En definitiva, se trata de «abstenerse de aquellas palabras hirientes que no construyen, sino que destruyen las relaciones personales y las relaciones humanas y cristianas».

Antes del rito de imposición de la ceniza, don Abilio explicó su significado recordando su raíz bíblica: «Es un signo que viene de lejos. Viene del Antiguo Testamento, donde ya se imponía la ceniza en señal de conversión y señal de arrepentimiento». La ceniza, señaló, «significa la fragilidad de nuestra vida». «Somos frágiles y mortales. Nuestra vida, por muchos años que tenga, acaba terminándose». Al recibirla, añadió, se nos recuerdan palabras muy claras del evangelio: «Bienes de la tierra y a la tierra volverás. O bien otra fórmula: Conviértete y cree en el Evangelio». Pero junto a la conciencia de fragilidad, la ceniza apunta también a la esperanza, «hacia la Pascua. La ceniza nos apunta hacia la vida, nos apunta hacia la resurrección», dijo.

Tras la homilía, tuvo lugar el rito de la imposición de la ceniza, que fue recibida por los cientos de fieles reunidos en la catedral como signo de conversión y comienzo del camino cuaresmal.