El domingo primero de Cuaresma nos sitúa ante el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4,1-11). No es un relato simbólico sin conexión con la vida real, sino una radiografía muy actual del corazón humano y de las tentaciones que atraviesan nuestra sociedad.
Jesús entra en el desierto después del bautismo, conducido por el Espíritu. También hoy vivimos, como personas y como sociedad, una especie de desierto: incertidumbre económica, miedo al futuro, soledad, cansancio emocional. En ese contexto surgen las tentaciones, un intento de separar a Dios de la vida concreta, relegándolo a lo secundario. Por eso, cada tentación es una propuesta falsa sobre cómo vivir, que en el caso de Jesús intentan desviarlo de su misión.
La primera tentación —convertir las piedras en pan— tiene mucho que ver con nuestro tiempo. Vivimos en una cultura obsesionada por el bienestar inmediato, el consumo y la satisfacción instantánea. Las noticias hablan continuamente del precio de los alimentos, del poder adquisitivo, de la ansiedad por «llegar a fin de mes». Todo eso es real. Pero el riesgo es creer que la felicidad depende solo de lo material. Jesús responde: «No solo de pan vive el hombre». Hoy podríamos traducirlo así: no todo se arregla con dinero, tecnología o comodidad; hay un hambre más profunda de sentido, de verdad y de Dios.
La segunda tentación —tirarse desde el templo para obligar a Dios a intervenir— refleja muy bien una fe utilitarista, también presente hoy. Cuando ocurren catástrofes, enfermedades o tragedias, muchos se preguntan: «¿Dónde está Dios?». A veces solo creemos si Dios hace lo que esperamos. Jesús rechaza esa lógica: no se puede usar a Dios como seguro contra el sufrimiento. La fe madura confía incluso cuando no hay respuestas inmediatas.
La tercera tentación —el poder y el dominio— es quizá la más visible en la actualidad. Basta mirar la política internacional, los conflictos armados, la corrupción o el abuso de poder en distintos ámbitos. Jesús deja claro que no todo vale, que el éxito construido sobre la mentira, la injusticia o la humillación del otro no viene de Dios. Adorar al Señor significa no arrodillarse ante el poder, la ambición o el ego.
Jesús vence las tentaciones con la Palabra de Dios, no con fuerza ni espectáculo. En una sociedad saturada de opiniones y mensajes contradictorios, la Cuaresma nos invita a volver a lo esencial: al silencio, a la oración, al discernimiento. Es tiempo para aprender a elegir bien. En medio de un mundo herido y confuso, Cristo nos muestra que el camino de la fidelidad, aunque exigente, es el único que conduce a la verdadera libertad y prepara nuestro corazón para la Pascua.
Por Vicente Fernández-Espartero González-Mohíno