Los días 3 y 4 de febrero, el Seminario Diocesano de Ciudad Real acogió una convivencia sacerdotal dirigida a los presbíteros de la diócesis. Las jornadas combinaron formación, oración y convivencia, concluyendo con la misa presidida por el obispo de Ciudad Real, don Abilio Martínez Varea.
La primera parte de la convivencia se centró en la recepción del Congreso sobre las Vocaciones «Para quién soy» celebrado en Madrid en febrero de 2025. El tema, titulado «Claves para el desarrollo de la Pastoral Vocacional en la Iglesia», fue desarrollado por don Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española.
En su intervención, don Luis Argüello abordó la recepción del Congreso sobre las Vocaciones, subrayando que la vocación nace del amor de Dios, que va primero y llama a cada persona a la vida como primer don y a la santidad como llamada universal. Desde esta perspectiva, la vocación no se entiende como un añadido, sino como algo constitutivo de la persona —«somos vocación»—, que integra identidad y misión, el ser y el hacer. Asimismo, destacó que toda vocación se recibe como don gratuito, se acoge con gratitud y se concreta en una respuesta personal y libre, llamada a vivirse como horizonte de sentido, con gozo y apertura al servicio de la Iglesia y del mundo.
La primera jornada concluyó con el rezo de Vísperas, la cena y un diálogo sobre la actualidad de la Iglesia.
El miércoles 4 estuvo dedicado al retiro espiritual, bajo el título «La promoción de las vocaciones en la vida ministerial del sacerdote», dirigido por Arcángel Moreno, director espiritual del Seminario. La mañana comenzó con la hora intermedia y una meditación, seguida de la exposición del Santísimo.
La eucaristía es la «expresión máxima de esa comunión entre todos»
Tras la bendición y reserva del Santísimo, tuvo lugar la celebración de la eucaristía, presidida por el obispo, don Abilio Martínez Varea y concelebrada por el obispo emérito de Ciudad Real, don Gerardo Melgar, y por todos los sacerdotes participantes en la convivencia.
En la homilía, el obispo dio las gracias por las jornadas de convivencia tanto al equipo de la delegación del Clero como a todos los sacerdotes participantes. Se refirió a la identidad sacerdotal, recordando que estos encuentros ayudan a tomar conciencia de que los presbíteros forman parte de un cuerpo, «de un ordo, de un cuerpo donde nos configuramos a Cristo, pero lo hacemos como cuerpo, como un cuerpo presbiteral». En este sentido, señaló que la eucaristía concelebrada y presidida por el obispo es «expresión máxima de esa comunión entre todos», subrayando que la configuración con Cristo «no es puramente personal», sino «como cuerpo […], como colegio de sacerdotes unidos al sacerdocio del obispo».
Don Abilio centró una parte importante de su reflexión en la misericordia de Dios, recordando que «nosotros vivimos de la misericordia de Dios en nuestras vidas» y que «cuando un cristiano, cuando un sacerdote experimenta la misericordia de Dios, nos volvemos misericordiosos». Por el contrario, advirtió que cuando no se vive desde esa experiencia «se nos ponen unos rostros y unos corazones extremadamente duros». De ahí la importancia de que el rostro y el corazón del sacerdote en las parroquias sea tambié misericordioso.
El obispo abordó la relación entre identidad y ministerio sacerdotal, insistiendo en que «no debemos separar nunca el ejercicio del ministerio de la identidad, pero tampoco la identidad del ministerio […], cuando obramos como pastores somos cada vez más sacerdotes, somos cada vez más configurados con Cristo, cabeza, pastor, siervo y esposo».
Además, don Abilio se refirió a la fraternidad presbiteral, que calificó como una dimensión esencial del sacramento del orden. Lamentó que esta fraternidad no siempre se viva con profundidad, afirmando que no hacerlo «es llevar una existencia, una vida presbiteral realmente pobre y triste». Recordó que la fraternidad sacerdotal «supera las amistades» y «supera las edades», permitiendo vivir como hermanos sacerdotes jóvenes, de mediana edad y mayores, porque «tenemos un sacramento que nos configura como un cuerpo, como un presbiterio».
Finalmente, el obispo retomó la llamada a la pastoral vocacional, animando a realizar una propuesta clara y explícita del sacerdocio: «No se trata de culpabilizarnos, pero sí de animarnos continuamente», convencidos de que «la propuesta vocacional para los jóvenes al sacerdocio es una propuesta buena, porque Dios sigue llamando». En este sentido, invitó a los sacerdotes a ser testigos con una vida ministerial ejemplar, que muestre que merece la pena seguir a Cristo y trabajar por la extensión de su Reino.