Con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que la Iglesia celebra cada 2 de febrero en la fiesta de la Presentación del Señor, el delegado diocesano de vida consagrada reflexiona sobre el sentido y la misión de quienes han entregado su vida al seguimiento de Cristo. Bajo el lema de este año, Vida consagrada, ¿para quién eres?, invita a redescubrir esta vocación como un don para Dios, para la Iglesia y para el mundo.
Cada dos de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, celebramos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Un día que nos invita a mirar con gratitud a quienes han entregado su vida en el seguimiento de Cristo a través de los consejos evangélicos: obediencia, castidad y pobreza. Este año, el lema escogido es Vida consagrada, ¿para quién eres?
Esta pregunta no es un simple ejercicio retórico. Interpela el corazón, ilumina la vocación y nos sitúa ante el sentido último de la vida consagrada. ¿Para quién es la vida de quienes han hecho votos de pobreza, castidad y obediencia? La respuesta es clara y exigente: la vida consagrada es, ante todo, para Dios. Nace de una llamada personal,de una experiencia de amor primero, y se sostiene en la entrega total a aquel que lo es todo.
Pero, precisamente porque es para Dios, la vida consagrada es también para los demás. Es un don para la Iglesia y para el mundo. Los consagrados, desde la diversidad de carismas y misiones, hacen visible el amor fiel de Dios, su cercanía a los pobres, su misericordia con los que sufren, su esperanza para un mundo tantas veces marcado por la prisa, el individualismo y la indiferencia.
Hoy, los consagrados están presentes en múltiples realidades: comunidades contemplativas que sostienen al mundo con su oración silenciosa; religiosos y religiosas que trabajan en escuelas, hospitales, residencias de ancianos, misiones, proyectos sociales y acompañamiento pastoral; institutos seculares y nuevas formas de vida consagrada que encarnan el Evangelio en medio de la vida cotidiana. Todos ellos, desde su carisma, responden a la misma llamada: ser signo de esperanza y de consuelo, ser signos del amor de Dios a los hombres.
La jornada de este año 2026 también nos interpela a mirar a la vida consagrada con gratitud y responsabilidad. No se trata solo de valorar su labor, sino de reconocer que su presencia es un recordatorio vivo de que Dios sigue actuando en la historia. En un mundo herido por la soledad, la violencia y la indiferencia, la vida consagrada ofrece un testimonio de entrega gratuita y de amor sin condiciones.
Cada bautizado, también, puede preguntarse: ¿para quién soy yo? La vida consagrada, con su testimonio, nos recuerda que toda vida cristiana está llamada a ser don. Y que cada uno de nosotros también somos don de Dios para los demás. Que María, mujer consagrada totalmente al plan de Dios, acompañe y sostenga a quienes han respondido con un «sí» definitivo y generoso a través de las diversas formas de vida consagrada.
Por José Luis Jiménez Manzaneque