Hoy celebramos la Jornada de la Vida Consagrada con el lema «¿Para quién eres?», en sintonía con el Congreso de Vocaciones celebrado en febrero de 2025.
Por este motivo, el domingo 1 de febrero se celebró la misa en la catedral, presidida por el obispo, don Abilio Martínez Varea, con la participación de religiosos y religiosas de la diócesis.
La celebración se realizó en torno a la fiesta litúrgica de la Presentación del Señor, conocida popularmente como la Candelaria, que la Iglesia celebra el 2 de febrero, cuarenta días después de la Navidad. Como es tradicional en esta misa, la liturgia está marcada por el encendido y bendición de las candelas, signo de Cristo, «luz para alumbrar a las naciones», y por la renovación de los votos de los consagrados.
Este rito de la luz remite al evangelio proclamado en la fiesta, cuando Simeón reconoce en el niño Jesús al Salvador, y conecta con el tiempo de Navidad, en el que la Iglesia celebra al Verbo hecho carne, «luz que alumbra a todo hombre». Al mismo tiempo, la Presentación recuerda el cumplimiento por parte de María del rito de purificación y la presentación de Jesús en el templo, gesto que muestra su plena entrega a la voluntad del Padre.
En la homilía, don Abilio subrayó que esta jornada «es una fiesta de todo el pueblo de Dios», aunque «hoy de manera muy especial» lo es para los religiosos y religiosas, a quienes saludó junto al equipo de CONFER. En referencia al lema de este año —¿Para quién eres?—, explicó que conecta directamente con la comprensión de la vida cristiana como vocación, subrayando «que hay que entender la vida cristiana como una vocación, como una llamada en todas sus dimensiones».
Citando al Concilio Vaticano II, recordó que «todo fiel cristiano de cualquier condición o estado […] está llamado a ser perfecto como Dios es perfecto», lo que significa que «todo cristiano ha recibido una llamada por parte de Dios». Desde esta llamada común, señaló que existen «llamadas específicas y llamadas concretas», como el matrimonio, el ministerio sacerdotal o la vida consagrada, tanto activa como contemplativa.
El obispo se detuvo especialmente en la identidad de la vida consagrada, recurriendo a la exhortación apostólica Vita consecrata de san Juan Pablo II, donde se afirma que «la vida consagrada es una planta que hunde sus raíces en el evangelio y que da frutos copiosos a lo largo de la historia de la Iglesia». Esta imagen, explicó, indica que la vida consagrada «tiene sus raíces en el evangelio, es decir, hunde sus raíces en Jesucristo». Desde aquí, insistió en que la vida religiosa «debe estar centrada en Cristo», de modo que «no seamos los protagonistas de nuestra vida, sino que el centro de nuestra vida sea Cristo, el misterio de Cristo». Explicó el sentido de los votos, que «no son una renuncia», sino «una aceptación específica del misterio de Cristo».
Así, el voto de castidad «es entendido como el amor a Cristo y el amor a todos», el de obediencia «como mi entrega a Cristo y cumplir la voluntad de Dios Padre en mi vida», y el de pobreza «como el amor a Cristo y a los preferidos de Cristo, que son los pobres». Todo ello conduce a una respuesta clara a la pregunta que da lema a la jornada: «Vida consagrada ¿para quién eres? Yo soy para Cristo».
El obispo recordó que la vida consagrada «da frutos copiosos a lo largo de toda la historia de la Iglesia», visibles en la diversidad de carismas presentes en la diócesis: atención a personas mayores, cuidado de enfermos, servicio pastoral en parroquias o dedicación a la educación, entre otros. Todos ellos son «los frutos copiosos que da la planta de la vida consagrada, cuando realmente tiene sus raíces hundidas en el evangelio».
En la parte final de la homilía, animó a los consagrados a vivir este momento desde la esperanza, evocando una carta del papa Francisco dirigida a la vida consagrada. Recordó que «la esperanza no hay que ponerla en los números» ni en las obras, sino que «la esperanza está siempre puesta en nuestro Señor Jesucristo». «Jesucristo no nos defrauda nunca. Jesucristo es nuestra esperanza», afirmó.
Por ello, invitó a «abrazar el futuro con esperanza», no desde la resignación, sino con confianza en la acción del Espíritu Santo, «aquel que nos empuja, aquel que nos anima, aquel que nos hace decir cada día sí a Jesucristo con una entrega total y absoluta».
Después de la homilía, todos los consagrados renovaron los votos, con la mirada puesta en María, ejemplo de acompañamiento, ayuda y esperanza para todos los cristianos.