Catequistas llamados y enviados a anunciar el Evangelio

La Diócesis de Ciudad Real celebró ayer, 31 de enero, el Encuentro Diocesano de Catequistas, una jornada de oración, convivencia y formación que reunió en el Seminario Diocesano a más de 270 catequistas procedentes de toda la diócesis. El encuentro se celebró con motivo de la festividad de san Enrique de Ossó, patrón de los catequistas, y coincidió además con la fiesta de san Juan Bosco, gran educador y referente catequético.

Tras no haber podido celebrar este curso la jornada del envío del catequista en el mes de octubre, la Delegación Diocesana de Catequesis propuso este encuentro como una oportunidad para que los catequistas pudieran comenzar el año reforzando su compromiso, compartiendo la fe y renovando la ilusión en la misión evangelizadora. El eje central de la jornada fue el ministerio del catequista, una realidad relativamente reciente en la Iglesia que se encuentra aún en proceso de desarrollo en España y que poco a poco va tomando forma en distintas diócesis.

«Ser catequista es una llamada, es una vocación»

El encuentro comenzó con la eucaristía, presidida por el obispo de Ciudad Real, don Abilio Martínez Varea. En la homilía, el obispo centró su reflexión en la identidad del catequista a la luz de la Sagrada Escritura y del magisterio reciente de la Iglesia. Recordando la llamada de David a través del profeta Natán —una de las lecturas proclamadas—, subrayó que «el catequista también es enviado por Dios», afirmando que «ser catequista es una llamada de Dios y, por lo tanto, es una vocación». La vocación, explicó, no debe entenderse solo en clave sacerdotal o de vida consagrada, sino como una llamada que nace del bautismo y se concreta en servicios específicos dentro de la Iglesia.

En este sentido, el catequista no anuncia el Evangelio por iniciativa propia, sino porque es Dios quien llama y envía: «No es que Dios llama a que tú ayudes a un párroco, es que Dios llama a que tú anuncies el Evangelio a un grupo de niños o de jóvenes o de adultos». En este sentido, don Abilio señaló que la misión del catequista es anunciar la verdad del Evangelio para provocar un cambio de corazón, una conversión, pero siempre desde el amor: «Hay que anunciar la verdad, pero sin herir. La verdad que hiere no sirve».

Pedagogía, acompañamiento y cercanía

Don Abilio puso también el acento en la dimensión pedagógica de la catequesis, recordando cómo el profeta Natán utiliza una parábola para ayudar a David a comprender su situación. «Qué importante es también que en la catequesis sepamos realizar una buena pedagogía», dijo, invitando a aprovechar los recursos actuales sin perder nunca el fundamento en la Sagrada Escritura: «Contar la historia que Dios hace en cada uno de nosotros, la historia de Israel y la historia del Nuevo Testamento, lo que Jesús ha hecho por nosotros».

A partir del evangelio de la tempestad calmada, don Abilio definió al catequista como compañero de camino, alguien que se sube a la barca y acompaña a niños y jóvenes en medio de sus dificultades: «No somos los que nos quedamos en la orilla, sino que somos capaces de subirnos a la barca y compartir sus problemas, sufrir cuando ellos sufren y alegrarnos cuando ellos se alegran».

Refiriéndose a san Juan Bosco, el obispo lo presentó como modelo de catequista, destacando una de sus enseñanzas fundamentales: «Amar primero». «Tenemos que ir con una mirada positiva sobre el grupo que se nos ha confiado —señaló—, sabiendo que la alegría es el lenguaje privilegiado del Evangelio». Además, animó a los catequistas a no rendirse nunca: «No tirar nunca la toalla, sino utilizarla para secarnos el sudor de la frente y seguir adelante confiados en el Señor».

Formación y convivencia a lo largo de la jornada

El delegado diocesano de Catequesis, Raúl López Hinarejos, explicó que el encuentro se concibió como un espacio integral de formación y convivencia. A lo largo del día se alternaron momentos formativos, espacios de diálogo y testimonios, así como la mesa redonda al final de la jornada.

Uno de los momentos centrales fue la intervención de Goyi Aguirre Garraín, delegada de Catequesis de Infancia en la diócesis de Sigüenza-Guadalajara, quien fue instituida catequista por el Papa. Invitada por la delegación diocesana, Goyi estructuró su intervención en tres partes: La identidad del catequista, del ministerio y su testimonio, transmitiendo que el ministerio del catequista es ante todo un servicio a la parroquia y a la diócesis.

La presencia de la delegada permitió conocer de primera mano la experiencia de este ministerio instituido y ayudar a los catequistas de Ciudad Real a profundizar en su significado y alcance dentro de la vida de la Iglesia.

Testimonios de una vocación vivida en fidelidad

Algunos de los catequistas participantes explicaron su experiencia, en muchos casos de años en la catequesis. Enrique Aguirre, catequista de la parroquia de Santiago de Ciudad Real, lleva 40 años de servicio. «Recuerdo con mucho cariño que fue don Agustín Sánchez de la Nieta (sacerdote) el que me dijo que tenía que coger un grupo de jóvenes», recuerda. Desde entonces, su vida ha estado ligada al anuncio de Jesucristo, primero a jóvenes y ahora también a adultos. «Para mí es un orgullo pertenecer al grupo de catequistas que estamos hoy aquí reunidos», afirmó.

Maribel, catequista de la parroquia de San Juan Bautista de La Solana, con 26 años de trayectoria, definió la catequesis como «una labor hermosa y difícil». «Me considero un instrumento de Dios que ha puesto a muchos chicos en nuestras manos para acompañaros en el camino de la fe», señaló.

Por su parte, Pilar Alberca, catequista de la parroquia de Campo de Criptana desde hace más de tres décadas, expresa con sencillez qué significa para ella esta vocación: «Ser catequista significa ser apóstol, dar testimonio y dar a entender y explicar a todo el mundo el amor que Dios nos da».

Renovar la ilusión en la misión

El Encuentro Diocesano de Catequistas fue una jornada de celebración, formación y comunión, en la que los catequistas pudieron profundizar en su identidad, compartir experiencias y renovar su compromiso evangelizador. Un encuentro que, como señaló el obispo, no quiere ser solo un momento de formación o de aprendizaje de métodos, sino «un encuentro entre todos los que habéis recibido esa llamada, esa vocación, para que nos animemos y salgamos confiados, siendo conscientes de que Jesucristo nunca falla y que Él es nuestra confianza y nuestra esperanza».