La diócesis celebra 150 años de fecundidad, gratitud y esperanza

La diócesis de Ciudad Real celebró este jueves, 4 de junio, en la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral, una solemne eucaristía de acción de gracias con motivo del 150 aniversario del Obispado Priorato de las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa.

Antes de la misa, el obispo de Ciudad Real, don Abilio Martínez Varea, destacó que se trataba de «un día muy importante para la diócesis» y de una jornada vivida «con alegría». El aniversario recuerda la promulgación oficial de la bula del papa Pío IX con la que se constituyó el Priorato de las Órdenes Militares, origen de la actual diócesis de Ciudad Real, el 4 de junio de 1876.

Don Abilio explicó que el Obispado Priorato ha sido «una singularidad en la historia», al nacer como un obispado priorato vinculado a las Órdenes Militares, que «funcionaba prácticamente como una diócesis» y cuyo prior fue siempre un obispo. Esta realidad, recordó, se mantuvo hasta que en 1981, después del Concilio Vaticano II, «se convirtió en la diócesis de Ciudad Real».

Preguntado por el momento que vive la Iglesia diocesana, el obispo señaló que, tras ocho meses como pastor de Ciudad Real, vive este tiempo como «un momento de alegría, de entusiasmo y de esperanza». «Estoy conociéndola —afirmó—, entrando en comunión con las diversas realidades, tanto parroquias como comunidades religiosas, hermandades o consejos parroquiales. Es un momento de inicio, pero un momento muy ilusionante».

La celebración comenzó con una procesión que recorrió el Paseo del Prado y accedió a la catedral por la Puerta del Perdón. Participaron 24 caballeros de las Órdenes Militares, vinculadas históricamente al origen y al título del Obispado Priorato de Ciudad Real.

La eucaristía fue presidida por el obispo de Ciudad Real y prior de las Órdenes Militares, don Abilio Martínez Varea, y reunió a fieles de toda la diócesis. Participaron también el arzobispo de Toledo, monseñor Francisco Cerro Chaves; el obispo de Albacete, monseñor Ángel Román Idígoras; y el obispo emérito de Ciudad Real, monseñor Gerardo Melgar Viciosa. La celebración contó, además, con la concelebración de más de 90 sacerdotes y el díacono Saúl Calvo Sanz.

A la misa asistieron también numerosas autoridades civiles, judiciales y militares. Entre ellas, el alcalde de Ciudad Real, Francisco Cañizares; el subdelegado del Gobierno en Ciudad Real, David Broceño; representantes de la Diputación Provincial, de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, senadores y diputados, así como el fiscal jefe provincial, Miguel Ángel Carvallo. También estuvieron presentes mandos de la Guardia Civil, Policía Nacional, Policía Local, Subdelegación de Defensa y la base aérea de Almagro, junto a varios miembros de la corporación municipal de Ciudad Real.

«Somos una Iglesia enviada a evangelizar»

En la homilía, don Abilio subrayó que la celebración de los 150 años debía leerse a la luz del Evangelio de la vid y los sarmientos, una imagen, dijo, especialmente comprensible «en tierra de viñas». El obispo explicó que este pasaje permite interpretar la historia del Obispado Priorato no solo como «una curiosidad» o «una mera institución con curiosidades históricas», sino como la historia de una Iglesia llamada a permanecer unida a Cristo para dar fruto.

«La importancia de este Obispado Priorato, que ya es diócesis, consiste en haber sido una Iglesia fecunda a lo largo de todas estas décadas», afirmó. En este sentido, señaló que la Iglesia de Ciudad Real ha querido ser durante siglo y medio «un sarmiento unido a Cristo, que es la verdadera vid», y recordó que esa fecundidad no nace de los propios méritos, sino de la acción del Espíritu Santo, que «ha sostenido y fecundado a su Iglesia».

El obispo invitó, en primer lugar, a dar gracias por todos los que han servido a la diócesis durante estos 150 años: los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y fieles laicos. Tuvo también un recuerdo especial para los sacerdotes enfermos y mayores, a quienes había visitado ese mismo día y a quienes había prometido tener presentes en la eucaristía.

De manera especial, don Abilio quiso dar gracias por los mártires de la tierra, a los que definió como «el fruto más precioso de nuestra historia». Siguiendo la imagen de la vid, explicó que los mártires, unidos a Cristo, ofrecieron el testimonio más alto de la fe: «Ellos son el fruto más precioso de nuestra historia que, ofrecidos en la prensa del martirio, han dado el vino más puro y sabroso del testimonio de la fe».
 

«La importancia de este Obispado Priorato, que ya es diócesis, consiste en haber sido una Iglesia fecunda a lo largo de todas estas décadas»


Pero el obispo insistió en que la celebración no podía quedarse solo en el recuerdo del pasado, recordando la llamada del Evangelio: «Permaneced en mí». Por eso, señaló que este aniversario no debe ser «una celebración para la nostalgia», sino «un impulso que renueve nuestra conciencia de que somos una Iglesia enviada a evangelizar».

En este camino, don Abilio propuso tres frutos necesarios para ser una Iglesia viva. El primero, la alegría: «Una Iglesia alegre porque el Evangelio es buena noticia». Recordó que quien tiene un tesoro vive desde la alegría y evocó la expresión de san Pablo VI sobre «la dulce y confortadora alegría de evangelizar».

El segundo fruto, explicó, es la caridad. En el contexto cercano a la solemnidad del Corpus Christi, el obispo recordó que la fe se concreta en el amor al otro y en la atención a quienes viven situaciones de necesidad, pobreza o vulnerabilidad. «Una fe que no cristaliza en testimonio concreto es una fe que se queda solamente en las ideas», afirmó.

El tercer fruto es la santidad, que el obispo presentó como «el fruto más hermoso que puede producir nuestra Iglesia diocesana». Don Abilio recordó que la santidad no es una llamada reservada a unos pocos, sino la vocación de todos los bautizados. «Si yo como cristiano no soy santo, la Iglesia no será santa completamente», señaló, invitando a cada fiel a vivir su propia vocación como parte de la misión común de la diócesis.
 

«Que nadie se excluya y que no excluyamos a nadie»


Al final de la homilía, el obispo lanzó una pregunta a toda la comunidad: «¿Qué fruto quiere el Señor que dé yo para el bien de esta Iglesia diocesana?» Y añadió que el Señor no pide hoy «resultados extraordinarios», sino fidelidad: «Que seamos fieles en la oración, en la vida sacramental, en el servicio a los pobres, en la transmisión de la fe y en el testimonio cotidiano del Evangelio».

Don Abilio invitó a mirar el futuro de la diócesis con esperanza y pidió que la Iglesia de Ciudad Real permanezca siempre unida a Cristo, «la verdadera vid». También pidió que no falten «santos, evangelizadores y servidores de los pobres» y que florezcan nuevas vocaciones al sacerdocio ministerial, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano y a los distintos ámbitos de la vida social.

«Que nadie se excluya y que no excluyamos a nadie», afirmó, animando a todos a renovar su pertenencia a la diócesis y a contribuir, cada uno según su vocación, a la misión que el Señor confía a la Iglesia en Ciudad Real. Concluyó con una referencia a la Virgen del Prado, Madre de la Iglesia, a quien don Abilio pidió que acompañe siempre el camino de la diócesis.

Durante la oración de los fieles, la asamblea pidió por la Iglesia diocesana, heredera del antiguo Obispado Priorato de las Órdenes Militares, para que el Señor la fortalezca en su misión de custodiar la fe y la haga crecer en comunión, servicio y esperanza. También se oró por el papa León, por el obispo Abilio, por los presbíteros, consagrados y laicos; por quienes han servido a la diócesis durante este siglo y medio; por los pobres, enfermos y personas que sufren; y por toda la asamblea reunida en acción de gracias.

La celebración fue una jornada en la que la diócesis dio gracias por el camino recorrido desde la creación del Obispado Priorato y renovó su deseo de continuar anunciando el Evangelio en Ciudad Real con alegría, caridad y santidad.