La catedral de Ciudad Real ha acogido en la mañana de este sábado, 18 de abril, la ordenación sacerdotal de Diego Plana Campos, natural de Manzanares, en una celebración presidida por el obispo prior, don Abilio Martínez Varea, que ha celebrado así su primera ordenación sacerdotal como obispo de Ciudad Real. Junto a él ha concelebrado el obispo emérito, don Gerardo Melgar Viciosa, además de la mayor parte del presbiterio de la diócesis.
La Iglesia diocesana ha vivido una jornada de especial alegría, arropando a Plana en un momento decisivo de su vida y de su vocación. A la celebración han asistido familiares, amigos, seminaristas, miembros de la vida consagrada, la Coral Diocesana y fieles llegados especialmente desde Manzanares y Herencia, parroquias vinculadas de modo particular a su camino vocacional y pastoral.
Al comienzo de la homilía, don Abilio ha subrayado el sentido de la celebración: «Hoy es un día de gran alegría para la Iglesia de Ciudad Real. Un día, permitidme la expresión, tal vez un poco exagerada, en el que se unen el cielo y la tierra […]. La Iglesia no se da a sí misma a los sacerdotes, sino que los sacerdotes son un don de Dios, un don de Dios para la Iglesia».
Tras la presentación del candidato, Diego Plana fue llamado por su nombre y respondió públicamente a la llamada de la Iglesia, disponiéndose a recibir el sacramento del Orden en el grado del presbiterado. En ese contexto, el obispo recordó que, después del diaconado, este momento suponía ya una entrega plena, «un sí total a Dios que te ha ido preparando y formando hasta este momento en tu vida».
Don Abilio explicó que la vocación sacerdotal no nace de una iniciativa personal, sino de la llamada del Señor. «No llegas aquí a este presbiterio por propia iniciativa, sino porque Dios te ha llamado por tu nombre», afirmó, antes de recordar que, mediante la imposición de manos del obispo y la efusión del Espíritu Santo, quedaría constituido sacerdote.
«No llegas aquí a este presbiterio por propia iniciativa, sino porque Dios te ha llamado por tu nombre»
A partir de las lecturas proclamadas, el obispo fue desgranando el sentido del ministerio sacerdotal. Apoyándose en el texto del profeta Isaías, señaló que lo que se celebraba en la catedral era «más que un rito hermoso», advirtiendo que la liturgia no puede reducirse a una mera escenificación. «Hoy es algo mucho más profundo. Y es que el Espíritu Santo va a descender sobre ti y te va a configurar de una forma especial con Cristo cabeza, pastor, siervo y esposo de la Iglesia», dijo. Por eso, añadió, la vida del nuevo sacerdote «va a quedar marcada para siempre».
En esa misma línea, explicó también el sentido del celibato sacerdotal, presentándolo no como una renuncia vacía, sino como expresión de una entrega total. «No es la negación del amor, sino absoluta libertad», dijo, «para amar sin límites, sin poseer a nadie en concreto, y para servir a la Iglesia sin exigir nada a cambio».
Durante la celebración, Diego manifestó públicamente su voluntad de recibir el ministerio sacerdotal y asumió los compromisos propios del presbiterado. Prometió desempeñar fielmente el ministerio de la Palabra, celebrar con fe y piedad los sacramentos, implorar la misericordia divina por el pueblo que se le confía y vivir unido a Cristo. También expresó su promesa de respeto y obediencia al obispo y a sus sucesores.
En las letanías de los santos, Diego se postró rostro en tierra ante el altar, mientras toda la asamblea —de pie, al estar en tiempo pascual— invocaba la intercesión de la Iglesia celestial. Después llegó el momento central de la ordenación: la imposición de manos por parte del obispo, gesto que después repitieron los sacerdotes presentes, y la plegaria de ordenación, por la que Diego Plana quedó constituido sacerdote para el servicio de la Iglesia.
La liturgia continuó con los ritos explicativos propios de la ordenación presbiteral. El nuevo sacerdote fue revestido con la estola y la casulla, signos visibles de su nuevo ministerio; después, el obispo ungió con el santo crisma las palmas de sus manos, consagrándolas para bendecir, santificar y ofrecer el sacrificio eucarístico. Más tarde recibió la patena con el pan y el cáliz con el vino, encomendándosele así aquello que, desde ahora, presentará sacramentalmente en el altar. Finalmente, el obispo y los presbíteros le dieron el abrazo de paz, acogiéndolo en el presbiterio diocesano.
«La alegría y el gusto por servir, la alegría y el gusto por evangelizar es una primera manera de evangelizar»
En la homilía, don Abilio se detuvo también en el estilo pastoral que debe caracterizar a todo sacerdote. Citando la primera carta de san Pedro, enumeró tres actitudes fundamentales para el ejercicio del ministerio. La primera, pastorear «no a la fuerza, sino de buena gana», porque «el ministerio no tiene que ser nunca una obligación que nos aplasta» y porque «la alegría y el gusto por servir, la alegría y el gusto por evangelizar es una primera manera de evangelizar». La segunda, vivir el sacerdocio «no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa», recordando las palabras del evangelio: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis». Así presentó el sacerdocio como signo de gratuidad en medio de un mundo que mide con frecuencia a las personas por su utilidad.
Al final de la celebración, antes de la bendición y de que el obispo le hiciera entrega del título de presbítero, Diego Plana dirigió a los presentes una acción de gracias. Con emoción, confesó: «Solo puedo decir a mi Padre Dios que muchas gracias por haberme elegido indigno para este ministerio sacerdotal». Y añadió: «Soy hijo de esta Iglesia de Ciudad Real para servir a esta Iglesia con mi ministerio».
El nuevo sacerdote agradeció expresamente al obispo que lo había ordenado, a sus padres —«que siempre me han apoyado y han respetado mi libertad»— y a todo el pueblo de Dios, al que dijo sentirse enviado a servir. Sus palabras finales estuvieron marcadas por la gratitud y por la alegría de quien reconoce en la voluntad de Dios la plenitud de la vida: «Hacer la voluntad de Dios colma la vida, le da sentido pleno a la vida». Y concluyó: «Gracias a Dios que me hace feliz, que me ha hecho feliz y que con su ayuda y con su fidelidad, que sostiene mi fidelidad, podré ser feliz para siempre, sirviendo a esta Iglesia con mi ministerio».
La ordenación de Diego Plana es alegría para la diócesis de Ciudad Real y para su seminario, en cuyo seno ha madurado la vocación de Diego. Además, en esta nueva etapa sacerdotal continuará prestando servicio como secretario personal del obispo, tarea que ya venía desempeñando como diácono.
Diego Plana Campos nació en 1999 en Manzanares. Ingresó en el seminario diocesano en 2013, para cursar 3.º de ESO. A lo largo de estos años ha desarrollado su labor pastoral en la parroquia de Santa Catalina de Las Casas, en el seminario menor, en la parroquia de la Asunción de Puertollano, en la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles de Tomelloso y en la parroquia de la Inmaculada Concepción de Herencia, donde realizó el año de pastoral.