«La vocación que habéis recibido no es un derecho, es un don»

La capilla mayor del Seminario Diocesano acogió en la tarde del 19 de marzo, solemnidad de san José, la celebración de la eucaristía en la que cinco seminaristas realizaron el rito de admisión a las Órdenes Sagradas, uno fue instituido lector y dos recibieron el ministerio del acolitado. La celebración fue presidida por el obispo de Ciudad Real, don Abilio Martínez Varea, y concelebrada también por el obispo emérito, don Gerardo Melgar Viciosa, junto a numerosos sacerdotes. La capilla se llenó de familiares, amigos y fieles que quisieron acompañar a los seminaristas en un día especial para el seminario y la diócesis.

Durante la celebración recibió el ministerio de lector Jorge Manuel Quintana del Sol, mientras que fueron instituidos acólitos Saúl Calvo Sanz y José Ángel Callejas Muñoz. Asimismo, realizaron el rito de admisión a las Órdenes Sagradas Juan Bosco García Monrió, Alejandro Hidalgo Obregón, Juan Jesús Jareño García-Pozuelo, Abraham Martínez Paraíso y Juan Sánchez Marín. Se trata de pasos significativos en el camino de «configuración con Cristo y de servicio al Pueblo de Dios».

La eucaristía estuvo marcada también por la presencia de las reliquias del corazón de san Juan de Ávila, que estos días se encuentran en el Seminario de Ciudad Real dentro de su peregrinación por los seminarios españoles con motivo del 500 aniversario de su ordenación sacerdotal y de su primera misa.

En la homilía, don Abilio subrayó el sentido providencial de la celebración en la solemnidad del patrono de la Iglesia universal y de los seminarios. «Para el cristiano no hay casualidades, sino que es la Providencia», afirmó al comienzo, antes de presentar a san José como referencia para quienes avanzan en su camino vocacional: «San José es el modelo de lo que significa escuchar a Dios y responder».

El obispo explicó que la figura de san José ilumina el camino de todo seminarista, llamado no solo a escuchar, sino también a llevar a la vida la llamada recibida. En este sentido, recordó que la obediencia cristiana nace precisamente de esa escucha que se hace vida, y animó a los seminaristas a perseverar en el discernimiento con la ayuda de la Iglesia, de sus formadores, de los sacerdotes y de sus familias.

Al referirse al rito de admisión, señaló que este paso significa que la Iglesia acoge la vocación de los candidatos y los anima a seguir creciendo en ella, en un proceso de discernimiento que continuará hasta el ministerio sacerdotal.
 

«Somos hombres de la Palabra de Dios, pero también hombres de palabra»


Sobre el lectorado, destacó el servicio a la Palabra de Dios propio de este ministerio y resumió la identidad sacerdotal con una expresión: «Somos hombres de la Palabra de Dios, pero también hombres de palabra».

En relación con el acolitado, don Abilio hizo hincapié en la centralidad de la eucaristía en la espiritualidad cristiana y sacerdotal, recordando que en ella se encuentra la fuente y culmen de la vida de la Iglesia. Desde ahí, insistió en que el ministerio ordenado se sostiene en la oración, en la celebración eucarística, en la caridad y en la guía de la comunidad cristiana.

Además, el obispo recordó a los seminaristas que «la vocación que habéis recibido, queridos seminaristas, no es un derecho, es un don, es un don que lleva también una tarea […]. Todo don lleva una tarea, lleva una exigencia». Lejos de presentar esa exigencia como una carga, les aseguró que la fidelidad a Cristo es fuente de alegría verdadera en el ministerio.

Ya al final, y ante las reliquias del corazón de san Juan de Ávila, recordó la enseñanza del santo de Almodóvar del Campo sobre la importancia de la oración y la santidad sacerdotal. La celebración fue una acción de gracias por la llamada de Dios y una súplica confiada para que los seminaristas perseveren en su vocación y sigan avanzando, sostenidos por la Iglesia diocesana, hacia el sacerdocio ministerial.