El domingo cuarto de Cuaresma, conocido tradicionalmente como el domingo Lætare, nos presenta el evangelio de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41). En medio del camino cuaresmal, la liturgia introduce un mensaje de luz y esperanza, profundamente necesario en un mundo marcado por muchas formas de oscuridad.
El relato comienza con una pregunta muy actual: «¿Quién pecó?». Los discípulos buscan culpables ante el sufrimiento. También hoy, ante las desgracias que aparecen en las noticias —guerras, catástrofes naturales, crisis migratorias, enfermedades, violencia— tendemos a señalar responsables, a simplificar la realidad o a justificar la indiferencia. Jesús rompe esa lógica: el dolor no es un castigo, sino un lugar donde Dios puede manifestar su obra.
El ciego representa a tantas personas de nuestro tiempo que viven en la oscuridad: no solo una oscuridad física, sino social, moral y espiritual. Pensemos en quienes quedan invisibles en las estadísticas: personas sin hogar, ancianos que mueren solos, jóvenes atrapados en la desesperanza o en la adicción, pueblos enteros olvidados tras desaparecer de los titulares. La curación del ciego es un signo de que Dios no se resigna a esa oscuridad.
Lo más llamativo del relato no es solo que el ciego vea, sino que empieza a ver cada vez con más claridad quién es Jesús
Jesús realiza un gesto sencillo y extraño: mezcla barro y saliva, y le manda lavarse. No actúa con espectáculo. En una sociedad acostumbrada a soluciones inmediatas y milagrosas —prometidas muchas veces desde la política, la economía o la tecnología—, este evangelio nos recuerda que la verdadera sanación es un proceso, que exige confianza y obediencia.
Lo más llamativo del relato no es solo que el ciego vea, sino que empieza a ver cada vez con más claridad quién es Jesús, mientras los fariseos, convencidos de verlo todo, se cierran a la verdad. Esto conecta con muchas situaciones actuales: tenemos más información que nunca, pero no siempre más sabiduría. Las noticias falsas, la manipulación informativa y la polarización social muestran que ver no siempre significa comprender.
El ciego curado es interrogado, presionado, excluido. Decir la verdad tiene consecuencias. Hoy también quienes defienden la dignidad humana, la justicia o la paz suelen ser ridiculizados o marginados. Sin embargo, el ciego permanece firme: «Solo sé una cosa: antes era ciego y ahora veo». Es el testimonio sencillo que el mundo necesita.
Cristo es la luz que nos permite ver la realidad con verdad. La Cuaresma es un tiempo para reconocer nuestras propias cegueras —prejuicios, indiferencias, miedos— y dejarnos iluminar por Él.
Por Vicente Fernández-Espartero González-Mohíno