San Juan Bautista de la Concepción

Con motivo de la fiesta de san Juan Bautista de la Concepción, que se celebra el 15 de febrero en la diócesis, la historiadora Isabel Fernández del Río ofrece en este artículo un perfil del santo natural de Almodóvar del Campo.

Juan Bautista García Rico, más conocido como san Juan Bautista de la Concepción, ha pasado a la historia como el reformador de la Orden de la Santísima Trinidad, pero también es considerado uno de los grandes místicos del Siglo de Oro español debido a su obra literaria. Nació en Almodóvar del Campo el 10 de julio de 1561, en el seno de una familia humilde, de ocho hijos, con profundas raíces cristianas y en el contexto de la Iglesia postridentina y de la España de Felipe II y Felipe III.

Siendo un adolescente, se alojó en su casa santa Teresa de Jesús, que asistía a uno de los capítulos carmelitanos que tuvieron lugar en la ciudad con motivo de la reforma de la orden y la fundación de un convento; en esa ocasión, la santa vaticinó a la madre que Juan sería un «abogado de almas y un gran reformador».

Inició sus estudios en Almodóvar, con los carmelitas, y luego marchó a formarse a Baeza y Toledo donde profesó en la Orden de los Trinitarios Calzados; estudió Teología en Alcalá y de allí, fue destinado a un convento en Sevilla. De camino, muy cerca de Écija, en medio de una tormenta, Juan Bautista vivirá la experiencia más trascendental de su vida: recibió la moción espiritual de reformar la Orden Trinitaria, para recuperar su hondura espiritual y activar la misión originaria y el carisma con el que fue fundada por san Juan de Mata en el siglo XII, encomendando su proyecto a la Virgen de la Cabeza. 

Después de esta experiencia, Juan Bautista viajó a Roma para presentar su proyecto de reforma al papa Clemente VIII, quien aprobó la «Congregación de los hermanos reformados de la Orden de la Santísima Trinidad». La humildad y austeridad de la Orden hizo que fueran llamados «Trinitarios descalzos», frente a los calzados, rama que se extinguiría en el siglo XIX.

Promovió personalmente la fundación de conventos, hasta 16, en ciudades como Valdepeñas, Socuéllamos, Alcalá de Henares, Villanueva de los Infantes, La Solana, Madrid, Valladolid, Salamanca, Baeza, Córdoba, Sevilla, Ronda, Pamplona, Toledo, Roma y uno de trinitarias descalzas en Madrid. 

La fidelidad a Dios y a la Iglesia le supusieron sufrir numerosas críticas y vejaciones, lo que unido a su salud débil y enfermiza y a sus continuas prácticas de ayuno y sacrificios, le mermaron considerablemente y, agotado, se retiró al convento de Córdoba, fundado por él, donde falleció el 14 de febrero de 1613. Fue beatificado por Pío VII el 26 de septiembre de 1819 y canonizado por Pablo VI el 25 de mayo de 1975.

Hombre profundamente humilde, asceta, enamorado de Dios, gran predicador, faceta que le valió el sobrenombre de «el teólogo», que vivió la oración con hondura y perseverancia buscando sus ratos de intimidad y encuentro con el «amigo», dedicado a los más pobres y necesitados de la sociedad del momento, aquellos que sufren las esclavitudes de la época que le tocó vivir (cárceles, pobreza en todas sus manifestaciones, sumisiones…), empeñado en ser transparencia de Jesús, buscando su imitación en la vida cotidiana, siempre disponible para servir y amar, apasionado de la Virgen María a quien consideró el modelo incomparable de fe, obediencia y fidelidad a Dios, una personalidad rica y heterogénea.

Algunos de sus textos espirituales más representativos son La llaga de amor o El conocimiento interior sobrenatural. De su misión encontramos otra serie de escritos, algunos en torno al desarrollo de la reforma trinitaria, vista siempre como obra de Dios: Memoria de los orígenes de la descalcez trinitaria o La confianza en Dios en la reforma. Otros, acerca de la identidad espiritual de los trinitarios descalzos, son La regla de la Orden de la SS. Trinidad, Exhortaciones a la perseverancia, etc. También es de destacar, aunque está poco estudiado, su Epistolario.
 

Por Isabel Fernández del Río